Los cajones estaban cerrados, algo inusual en su cuarto donde siempre rondaba el caos, donde la cama no se dejaba ver bajo un gran cúmulo de ropa, en la que en el suelo siempre podrías encontrar un obstáculo al caminar; una media, un calcetín, un cinturón...la música era frecuente en el interior de esas cuatro paredes que encerraban en aquel momento un estado de descanso absoluto y de sosiego que desconcertaba incluso a ella misma, la cual recostada cabeza abajo en su cama miraba al techo y a su alrededor preguntándose qué es lo que sucede, y qué es todo lo que ha sucedido. En un instante se pone en pie, cae al suelo y abre un cajón de su mesilla que hacía tiempo que no era abierto, que tenía polvo y que en su interior se encontraría fotografías en las cuales ella podía ver las lágrimas sobre ellas que ya secaron. Un recuerdo instantáneo le recorrió la cabeza con cada foto, y todo lo siente lejano, como si de otra vida se tratase aquello que era suyo en un tiempo atrás. Un tiempo distinto pero no mejor, un tiempo calmado pero no más que ahora, un tiempo de amor pero no diferente al que ahora siente por ella misma. El silencio cubría aquel cuarto con su indescriptible presencia y la respiración se hizo resaltar en aquel silencio tan penetrante. Todo tiene un límite y ese límite no lo pone ella ni nadie, al igual que las cosas transcurre, todo sucede, todo viene y va, va y viene, y nadie puede ni pararlo ni acelerarlo.
